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María Victoria Velasco Jiménez compra veladoras por caja. Por más de dos años, ella ha mantenido una veladora encendida en un estante colocado sobre el microondas y el minirrefrigerador en el departamento que comparte con su hija, Arlet, en Lomas de San Isidro, una colonia ubicada en la cima de una colina en el extremo sureste de la Ciudad de México. El alumbrado público afuera del departamento ilumina las construcciones de ladrillos con un resplandor amarillo. El agua de la lluvia corre hacia al centro de una calle no pavimentada y repleta de escombros. Abajo, millones de luces cubren la superficie del antiguo lago sobre el que se levanta la ciudad, extendiéndose a lo largo y ancho de las montañas y colinas que rodean la capital.
Adentro, las paredes de concreto del diminuto departamento de María Victoria son frías y austeras. La veladora encendida se consume dentro de un vaso de jugo frente a una fotografía enmarcada de su hijo, Marcos Antonio Velasco Velasco, dando un toque de calidez a la pequeña vivienda. El retrato comparte el estante con floreros adornados con flores artificiales, un par de estatuillas arrodilladas en oración y una figura de cerámica de Jesús de un pie de alto adornada con rosarios. Vistiendo una playera y luciendo un fresco corte de cabello tipo militar, Marcos Antonio mira hacia abajo desde un cielo azul cubierto de acolchonadas nubes y palomas blancas que remontan al vuelo. Tiene los pómulos altos y anchos de su madre, cabello negro y ojos pequeños. Parece mayor de 18 años, que era la edad que tenía cuando se tomó esta fotografía. No mucho tiempo después, se fue de casa rumbo a la frontera con Estados Unidos, convencido por sus amigos de ir a “echarle ganas”.
En la medianoche del día de su salida, María Victoria viajó con Marcos Antonio a la central de autobuses, en junio de 2022. Su cuñado, quien ya estaba trabajando en Ohio, había hecho los arreglos para el viaje con un coyote, y María Victoria había confiado la seguridad de su hijo a un par de hombres mayores de San Miguel Huautla —su pueblo natal en Oaxaca— quienes hicieron los arreglos con el mismo coyote y prometieron cuidar de Marcos Antonio en su camino al norte. “Mi hijo se fue, se iba a pasar. Y pues iba a trabajar e iba a hacer su casa. Iba a comprar su carro y todo”, dijo María Victoria. Está vestida con un chaleco de tela polar, pantalones verdes a cuadros y zapatos deportivos. Su largo cabello negro está sostenido en una cola de caballo. En una muñeca porta una pulsera con cuentas de cristal de mal de ojo. Sentada a los pies de su cama individual, sus pies apenas alcanzan el piso. “¿Cómo iba a pensar que mi hijo iba a regresar muerto?”.
Marcos Antonio fue una de las 53 personas de México, Guatemala y Honduras que murieron en San Antonio en lo que a menudo se describe como el peor desastre inmigratorio en la historia de Estados Unidos. Los migrantes habían llegado a la frontera a través de docenas de rutas, algunas sinuosas y peligrosas, y otras tan cortas y sin complicaciones como un viaje de todo un día en autobús. Caminaron por el agua del Río Grande en grupos pequeños. En más de una ocasión muchos de ellos fueron aprendidos por agentes de la Patrulla Fronteriza y enviados de regreso a México, antes de finalmente poder cruzar desapercibidos al lado estadounidense, donde fueron llevados a una casa de seguridad en Laredo. Fue entonces cuando 66 de ellos subieron a la parte trasera de un tráiler refrigerador a primeras horas de la tarde del 27 de junio de 2022 para hacer el último trayecto de un viaje que les había costado, a ellos y a sus familias, entre $7,500 y $15,000 por cada uno.
La cuota incluía el pasaje para pasar las más de cien millas al norte del Río Grande en Estados Unidos, donde los oficiales federales de la Patrulla Fronteriza operan puestos de control fronterizo y patrullan los pequeños pueblos y los caminos aledaños en sus conocidas camionetas pintadas en verde y blanco. Los agentes de la Patrulla Fronteriza están apoyados por un arsenal de tecnología, incluyendo torres y globos aerostáticos equipados con cámaras de seguridad infrarrojas y de alta resolución, dispositivos de reconocimiento facial y sensores de suelo que pueden detectar el tráfico a pie. Lo que esto significa para muchos migrantes es que cruzar el río es solo el primer paso en un maratón de evasión — una vez que pisan el lado estadounidense, inicia otro juego diferente y peligroso.
Cuando Marcos Antonio y los otros vieron cerrarse las puertas del tráiler y escucharon los cerrojos asegurarse, no podían saber que el sistema de refrigeración del tráiler estaba averiado. Las temperaturas alcanzaron niveles superiores a los 100 grados Fahrenheit ese día. Para cuando se descubrió el tráiler, alrededor de las seis de esa tarde, abandonado al lado de las vías férreas de Union Pacific en Quintana Road, que corren paralelas a la Interestatal 35 en una área industrial en el sur de San Antonio, 48 de los pasajeros habían muerto debido al calor. Cinco más murieron posteriormente en hospitales del área. Hubo por lo menos once sobrevivientes, incluyendo José Luis Vásquez Guzmán, uno de los dos hombres que aseguró a María Victoria que cuidaría de su hijo. El otro hombre encargado del cuidado de Marcos Antonio, Javier Flores López, un padre de tres hijos, murió.
El desastre dominó brevemente el ciclo de noticias. Pero el incidente de Quintana Road es solo el último y el más terrible en una serie de eventos similares. En 2003, autoridades descubrieron a 70 personas atrapadas dentro de un semitráiler en Victoria, una pequeña ciudad en el sur de Texas. Diecisiete personas ya estaban muertas y dos más murieron posteriormente. En 2017, un empleado de Walmart en San Antonio llamó a la policía para reportar un sospechoso semitráiler en el estacionamiento de la tienda. Treinta y nueve migrantes estaban dentro del tráiler. Diez de ellos ya habían muerto.
Información reciente del Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras sugiere que el transporte en camiones está ganando popularidad en la industria del tráfico humano. Y Laredo, donde las víctimas de Quintana Road abordaron por primera vez el camión averiado, tiene el volumen más alto de cruces en camión que ningún otro puerto terrestre en Estados Unidos, alrededor de 2.7 millones al año.
Siete personas han sido arrestadas y acusadas formalmente en Estados Unidos por las muertes de las víctimas de Quintana Road. Otros siete fueron arrestados en Guatemala. Cinco de los acusados en Estados Unidos se han declarado culpables. Los otros dos tienen programado ir a juicio en marzo, ante un juez federal de San Antonio. El funcionamiento interno de la red de tráfico se revelará al público durante el juicio, pero más de dos años después de la tragedia, mucha de la información de las víctimas y sus familias ha quedado sin reportar.
El verano pasado pasé tres semanas buscando a los familiares de las víctimas de Quintana Road. Me reuní con 16 familias repartidas a lo largo de las rutas migratorias que unen a Centroamérica con la frontera de Estados Unidos, desde pueblos en las montañas en el oeste de Guanajuato hasta diversas regiones en México—las zonas bajas tropicales de Oaxaca, las planicies desérticas de Guanajuato y los suburbios industriales de Ciudad Juárez. Encontré los nombres de los muertos y sus poblaciones de origen en documentos gubernamentales disponibles al público. En algunos casos, identifiqué los nombres de los familiares de las víctimas a través de publicaciones en Facebook o en reportes noticiosos locales. Pude ponerme en contacto con antelación con algunos de ellos, pero, en la mayoría de los casos, para localizar a las familias fue necesario viajar a los lugares donde los cuerpos fueron repatriados y preguntar entre los residentes.
Algunas familias amablemente se negaron a hablar, diciendo que tenían miedo de llamar la atención de los traficantes y pandillas criminales o que simplemente estaban cansadas y no veían el punto de reabrir viejas heridas. Pero otras me dieron la bienvenida a sus casas y se negaron a dejarme ir sin ofrecerme un refrigerio o una comida casera—tamalitos, caldo de pollo, asado de chile colorado. Pasé docenas de horas hablando con cónyuges, padres, hermanos, hijos y vecinos, todos ellos compartieron historias sobre inmigración que databan de generaciones.
Yo quería entender las fuerzas que habían llevado a sus seres amados y a millones como ellos a realizar el viaje a la frontera de Estados Unidos. Quería sopesar la enormidad de la catástrofe desde la perspectiva de las personas que habían visto destruida su esperanza de una mejor vida por un acto de descuido, por una parte, y por el deficiente sistema inmigratorio de Estados Unidos, por otra. Aquellos que murieron junto con Marcos Antonio dejaron atrás familias que deben enfrentar la devastadora pérdida y la debacle financiera y social de perder a un jefe de familia, un padre, un cónyuge o un hijo. Muchas de las familias agotaron sus ahorros o tomaron préstamos para financiar el viaje de su ser querido. Algunas pusieron sus casas como garantía colateral. Otros usaron como garantía sus parcelas agrícolas, de las que dependen para su subsistencia. Todos ellos enfrentarán dificultades en los años por venir. La tragedia de Quintana Road se estuvo forjando por décadas, y las siguientes historias son solo un pequeño ejemplo del resultado.
Marcos Antonio Velasco Velasco, 18
Mucho tiempo antes de que María Victoria acompañara a su hijo a la central de autobuses local para poder iniciar su trayecto al norte —mucho tiempo antes de que levantara un altar para él en su departamento— ella misma emprendió su propia migración en busca de una mejor vida. Ella creció en el seno de una familia mixteca en San Miguel Huautla, en las secas y rocosas colinas del noroeste de Oaxaca. Fue una de nueve hermanos que eventualmente dejarían el pueblo en busca de una mejor vida en otro lugar. Su padre había logrado mantener a la familia cultivando frijol, maíz y trigo en parcelas de subsistencia, ofreciendo sus servicios como jornalero y elaborando a mano yugos de madera y piel para vender en un mercado local. Los días de su madre estaban ocupados cuidando de los niños, moliendo el maíz a mano y cuidando de su pequeña huerta. “A veces alcanzaba el dinero, a veces no”, dijo María Victoria acerca de su niñez.
A los quince años, se fue a la Ciudad de México para trabajar como empleada doméstica. En camino a la capital, ella se agachaba en su asiento cada vez que el autobús se acercaba a un paso a desnivel. “Yo me agachaba porque yo decía que me iba a pegar”, recuerda. “Pues, es lo que uno dice, uno es del pueblo. Lo que es la ignorancia”. Era de noche cuando llegó. Nunca había visto tantos carros y tanta oscuridad alumbrada por tantas luces eléctricas. “Yo decía, ‘qué bonito. Está oscuro, pero se ve todo’”.
En su primer empleo, en el norte de la ciudad, recibió un uniforme rosa y cocinaba y cuidaba de las dos pequeñas hijas de una madre que trabajaba. Indicó que dejar la casa de sus padres fue difícil. “Por primera vez que sale uno. Uno, pues llora al dejar a los padres. Uno se tiene que acostumbrar”.
Pero cuando tenía 19 años, durante una visita a su pueblo, conoció a un hombre en un baile que también estaba trabajando en la Ciudad de México en ese momento. Se convirtieron en pareja y rentaron una casa juntos en una colonia fuera de la capital. Su hija, Arlet, nació un año después. Marcos Antonio llegó el siguiente año.
Marcos Antonio era un niño extrovertido que conocía a todos en la colonia y siempre estaba buscando trabajo. María Victoria recuerda el día que ayudó a un vecino a cargar unas cajas y llegó a casa con el primer dinero que se había ganado. “Tenía como siete, ocho años. Traía un refresco y me decía, ‘¡mira, mamá, ya traje este refresco!’ ” Cuando tenía unos dieciséis años, Marcos Antonio encontró un trabajo matando pollos y se sentía orgulloso de ayudar a su mamá. Cada día, cuando llegaba del trabajo, le daba un beso en la frente. La llamaba Jefa.
Por ese tiempo, María Victoria dejó a su pareja. Él se había vuelto violento hacia ella y sus hijos. Viviendo sola con sus dos hijos, María Victoria batallaba para que le alcanzara el dinero. Un día, su cuñado le llamó para decirle que tenía una oportunidad para ella en “el otro lado” — al norte de la frontera, en Ohio. Le dijo que todo estaba arreglado, que él pagaría por todo, y que todo lo que necesitaba hacer era llegar a Nuevo Laredo, la ciudad fronteriza mexicana al sur de Laredo. No preguntó detalles. Ella no sabía qué empleo era, ni siquiera en qué ciudad iba a ser. Pero decidió que no tenía otra opción más que ir.
Cuando le dijo a Marcos Antonio, quién acababa de cumplir dieciocho años, él le rogó que lo dejara ir en su lugar. “Jefa, yo soy el hombre de la casa”, le dijo. “Yo me voy”. Le prometió construirle una casa en Oaxaca cerca de la de su mamá y pagar por la escuela de Arlet.
A pesar de que ella se preocupaba por su seguridad, María Victoria, se consolaba al saber que viajaría con dos amigos de la familia.
Marcos Antonio estuvo enviando actualizaciones regulares durante el viaje en autobús, de aproximadamente 20 horas, hacia Nuevo Laredo, dejando saber a María Victoria cuánto se estaba divirtiendo. La última vez que supo de él fue el 23 de junio, un jueves. Se estaba preparando para cruzar la frontera. “Te hablo cuando llegue allá”, dijo. “Te quiero mucho”.
El domingo, María Victoria se fue de compras cuando una mariposa negra voló en tres círculos alrededor de ella, y luego se alejó. “Y pues yo no me sentía bien. No me sentía bien”, dijo. La mañana siguiente se despertó con náuseas y enferma de preocupación. El martes en la noche, su hermana, cuyo esposo había hecho los arreglos para el viaje, le llamó para informarle sobre la tragedia en San Antonio. “Yo me quería volver loca”, recuerda María Victoria.
Fue llamada a una oficina de gobierno en la Ciudad de México, donde vio las fotografías del cadáver de Marcos Antonio para confirmar su identidad. Decidió hacer que sus restos fueran devueltos a su pueblo natal, donde él podría estar con sus ancestros. Con Arlet a su lado y como sonámbula, caminó al entierro en el cementerio del pueblo, que se localiza en una colina con vistas a las rocosas colinas aledañas. La lápida que eligió para Marcos Antonio tiene la forma de una pequeña capilla. Detrás de un cristal en la capilla, María Victoria colocó una copia de la misma foto que está junto a la veladora en su departamento.
Por un mes y medio después, le costó trabajo levantarse de la cama. Apenas comía. Pero pronto, sus ahorros se agotaron y tuvo que regresar a trabajar. Sus gastos mensuales son solo de unos $200, pero incluso eso es difícil de cubrir con sus ingresos de tiempo parcial como trabajadora doméstica. “Eso no más para comer, para salir de los gastos, nada más”, indicó. La amenaza de quedarse sin casa es una preocupación constante. “Este mes, se me acabó el gas, saqué para comprar el gas, entonces ya no alcanza para otra cosa”, me dijo cuando la visité el año pasado.
Ella y Arlet, que ahora tiene 21 años, comparten un cuarto sencillo de bloques de cemento y viven más como hermanas que como madre e hija. Nunca salen a comer, prefieren cocinar platillos oaxaqueños en un comal colocado junto a un pequeño comedor en uno de los extremos del cuarto. La mayoría del espacio está ocupado por dos camas individuales colocadas contra paredes opuestas y separadas por un alto ropero y apiladas con muñecos de peluche —Scooby-Doo, un unicornio, y el personaje Stitch de Disney. “Son nuestros hermanitos”, dijo Arlet. “Nos hacen compañía”.
Pero la ausencia del hermano y del hijo todavía se siente. “Para mí todos los días, desde que él murió, para mí son tristes”, indicó María Victoria.
Si Marcos Antonio hubiera sobrevivido, hubiera ganado más en tres días —alrededor de $240 a $10 la hora— de lo que su madre gana en un mes. Ella imagina el día en que hubiera llegado a casa, cómo la hubiera besado en la frente. “A veces hablo con su foto o a veces llega a mi sueño”, dijo María Victoria. “Me viene a decir que está bien”.
Aracely Marroquín Coronado, 21
En la granja en la que nació Aracely, cerca del pueblo de Comitancillo en la zona montañosa del oeste de Guatemala, el maíz es tan alto en julio que oculta completamente la casa de la familia.
Las altas milpas de maíz son fuente de orgullo en las zonas montañosas, donde los agricultores indígenas cultivan las mismas variedades que sus ancestros cultivaron por siglos, a pesar de que las hojas de muchas de las plantas están ahora manchadas de amarillo y café, una señal del estrés de otra temporada de sequía que es cada vez más común y más severa en los años recientes debido al cambio climático.
Aracely compartía un cuarto de suelo de tierra con siete hermanos, en una casa de adobe sin agua corriente y construida en una lodosa ladera. Caminando desde la escuela cuando era niña, con su mochila y su larga trenza rebotando sobre su espalda, Aracely podía ver el humo que emanaba de la cocina de leña de su madre levantarse desde las verdes milpas de maíz. A Aracely le encantaba la escuela y era una estudiante destacada. Sus padres, Reina Florentina Coronado y Daniel Delfín Marroquín, hablan principalmente la lengua maya Mam. Ninguno de ellos sabe leer, pero han priorizado la educación de sus hijos. Técnicamente, la educación primaria y secundaria es gratuita en Guatemala, pero los costos de los uniformes obligatorios y los útiles escolares son prohibitivos para muchos, lo que contribuye a la alta tasa de abandono escolar.
En las zonas montañosas del oeste, solo uno de cada tres niños llega a la preparatoria. Aracely quería ser uno de ellos, y le rogó a su mamá y a su papá que la inscribieran. “Si ustedes me apoyan, me voy a graduar. Voy a trabajar para que ustedes no tengan que seguir trabajando”, les prometió.
Reina y Daniel criaban puercos con sobras de comida y producían forraje de maíz que vendían en un mercado local para traer a casa el poco dinero con el que contaban. Gran parte de la comida que cultivaban era para ellos mismos. Estaban orgullosos de respaldar a Aracely, sin importar lo que ella prometía darles. “Era el sueño de nosotros para ella”, dijo Reina.
Aracely tenía alrededor de 15 años cuando decidió ser maestra, y cinco años después, en 2021, obtuvo su certificación. Y entonces se topó con la realidad. Sin importar que tan lejos buscara, Aracely no pudo encontrar trabajo. De acuerdo con el periódico guatemalteco Prensa Libre, no se crearon nuevos puestos permanentes de maestros de 2013 a 2024. La competencia para los puestos existentes era intensa, ya que muchos los consideraban como el camino hacia una vida de clase media. Eventualmente, Aracely renunció a la búsqueda y se fue de casa para trabajar como empleada doméstica en San Marcos, la capital de la región. Pero no renunció a su sueño de cuidar de su familia. Después de dos meses, le pidió a Reina y a Daniel que le ayudaran a pagar su viaje a Estados Unidos, donde esperaba unirse a su hermana mayor en Worthington, Minnesota, sede de una planta empacadora de carne que en 2006 fue el blanco de una de las redadas de inmigración más grandes en la historia de Estados Unidos.
“No tengo compromiso, no tengo esposo, no tengo familia”, les dijo. “No hay trabajo aquí, voy a ganar más allá”. Reina y Daniel estuvieron de acuerdo en hacer el primer pago para la tarifa de su coyote, y tomaron un crédito hipotecario de un banco local de aproximadamente $10,000 sobre su propiedad, que ahora están batallando para pagar. Aracely fue acompañada por otras dos mujeres de su pequeño pueblo: Blanca Elizabeth Ramírez Crisóstomo, quien tenía 23 años, y Deisy Fermina López Ramírez, quien tenía 20. Ninguna de ellas sobrevivió al viaje.
Ahora hay un mural de ellas con sus nombres y una representación simbólica de su viaje al norte que cubre un muro en el centro del pueblo. Reina y Daniel dicen que nunca volverán a ayudar a uno de sus hijos a viajar al norte. “Ya no quiero más tristeza, más pena”, dijo Reina.
Gustavo Daniel Santillán Santillán, 27
A unas dos horas al norte de la Ciudad de México, Miscelánea Alma —la tienda de la esquina de Alma— está ubicada frente a un lodoso terreno de donde emergen varillas de columnas de casas sin terminar. Es una construcción de un piso hecha de bloques de concreto, pintados de blanco con bordes rojos, localizada cerca de una importante autopista y una gasolinera de Pemex en el extremo sur de Santa María Ajoloapan, un tranquilo pueblo de unos 10,000 habitantes. Las puertas corredizas tientan a los transeúntes con anaqueles de piso a techo cubiertos por papitas y refrigeradores repletos de refrescos. Hay otra tienda igual que está en la misma cuadra y un sinnúmero de otras similares en todas las zonas rurales de México, donde los comerciantes locales se resisten a las cadenas de supermercados.
Micaela Santillán Soto es una de esas comerciantes. Con 50 años de edad, es pequeña y regordeta, y atiende el mostrador de la tienda con sus delgadas cejas enmarcando la mirada de una astuta comerciante. Miscelánea Alma es mucho más que un negocio para Micaela — es el ancla financiera de la familia y la culminación de un sueño de toda la vida. Es también lo que le permitió ayudar a su hijo Gustavo, cuando le pidió un préstamo en 2022.
Gustavo, quién tenía 27 años en ese entonces, quería pagarle a un coyote alrededor de $7,500 para que lo llevara al otro lado de la frontera con Estados Unidos y hasta San Antonio. Era mucho dinero, pero esa no era la principal preocupación de Micaela. Se preocupaba por la seguridad de Gustavo, porque sabía que la ruta migratoria se había hecho mucho más peligrosa en los años desde que su esposo hizo el viaje al norte en 2001.
Está la amenaza de la violencia de los carteles y la posibilidad de ahogarse en el Río Grande, y una vez en el lado estadounidense, los riesgos siguen siendo sobrecogedores. Desde 1985, los incrementos en financiamiento para la Patrulla Fronteriza han estado consistentemente ligados a la muerte de los inmigrantes. Entre más gasta Estados Unidos en la seguridad fronteriza, más inmigrantes mueren. Mientras tanto, no hay una evidencia clara de que la intensificación de la militarización en el lado estadounidense de la frontera desde mediados de los 90 haya reducido significativamente el número de personas indocumentadas que llegan a Estados Unidos, ni ha tenido un efecto duradero en el número de personas que lo intentan. Por el contrario, el aparato de seguridad fronteriza solo empuja a los inmigrantes a tomar más riesgos. Muy probablemente este seguirá siendo el caso a pesar de la promesa de Donald Trump de cerrar la frontera. En la práctica, Estados Unidos simplemente no puede poner suficientes oficiales a lo largo de las casi 2,000 millas de la frontera sur para interceptar a cada inmigrante. Y mientras los empleadores en Estados Unidos continúen ofreciendo salarios más altos a los que los trabajadores pueden aspirar al sur de la frontera, la personas continuarán arriesgando sus vidas para trabajar aquí.
A pesar de sus dudas, Micaela estuvo de acuerdo en presentarle a Gustavo unos $2,600, suficientes para llevarlo a la frontera y pagar la primera cuota para el coyote, y uno de sus hermanos en Estados Unidos acordó prestarle el resto a Gustavo a su llegada. “Todo está muy caro. Y los sueldos son muy, muy bajos”, indicó. En 2022, el salario mensual en el Estado de México, donde vivían, era de alrededor de $172. “Siempre es ir, trabajar en lo que, en lo que se pueda y generar un poquito de dinero”, y después regresar. Los hermanos de Micaela ya lo habían hecho, igual que su esposo, Daniel Santillán Trejo.
Daniel es tímido y de voz suave. Cuando conocí a la familia en junio, Daniel se relajaba en un sofá cubierto con una cobija de rayas de color rosa y café en la sala de su casa, que está conectada a la tienda de Micaela por un pasaje a través del cuarto de almacén. Las paredes pintadas de morado estaban adornadas con fotos de graduaciones y bodas, un crucifijo tallado a mano que Gustavo le había dado a Micaela y un retrato conmemorativo de Gustavo. Rafa, el hijo de 11 años de Gustavo, estaba sentado en silencio junto a su abuelo. Micaela, cuyo cabello estaba sostenido con un pasador de plástico en forma de panda, estaba sentada en un sillón tomando un descanso de la tienda. “Ella es mi fuerza”, dijo Daniel mirando a Micaela. Ella es la que mantiene a la familia unida, aseguró Daniel, “a todos”. Su hija Alma, la hermana mayor de Gustavo y quien dio nombre a la tienda, estaba sentada junto a ella en una silla de aluminio arrullando a su bebé de un mes de edad, Génesis.
Daniel dijo que fue difícil para Gustavo, quien tenía seis años en ese entonces, cuando él se fue al norte en 2001. Daniel había estado trabajando en una planta de varillas y parecía que nunca ganaba lo suficiente para poder mudar a Micaela y a su creciente familia a una casa propia. “Pues sí, queremos algo más. Pero bueno, a seguir adelante. Tenemos que sufrir y sí, me tengo que ir”, dijo Daniel. “Y cuando yo me fui, (Gustavo) supo que me iba yo para Estados Unidos y sacó una maleta. Recuerdo una maleta grande. Un día antes, dice ‘papá, yo me voy contigo. Me meto en la maleta. Y yo me voy contigo’”, recuerda Daniel.
Daniel pasó tres años en Atlanta, trabajando en restaurantes, limpiando y lavando platos por $8 la hora. Con sus ganancias, pudo construir su casa y la tienda de la esquina para Micaela, pero los años lejos de la familia pasaron factura. “Yo pasé allá cumpleaños de mis hijos, Navidad, Nochebuenas, fiestas de aquí, muchas cosas”, indicó. Cuando regresó a México en 2004, Daniel decidió que haría lo que fuera para no tener que dejar a su familia otra vez. “Fue el primer y último” viaje, señaló.
Sin embargo, para Gustavo, ir al norte se había convertido de pronto en una obsesión. Tenía dos niños de quienes cuidar y acababa de pasar por una complicada ruptura con la madre de uno de ellos. Estaba inquieto y deprimido, desesperado de no poder estar sobre una base financiera sólida. Con el dinero que su madre le prestó, hizo el viaje de 23 horas en autobús a Ciudad Acuña, al sur de la frontera de Del Río. Las primeras dos veces que Gustavo trató de cruzar el Río Grande, fue capturado y devuelto por la Patrulla Fronteriza. “Regrésate”, le dijo Micaela por teléfono esperando que volviera a casa. “No, mamá, la tercera es la vencida”, insistió Gustavo. Y así lo fue.
El 27 de junio llamó a Micaela desde la casa de seguridad en Laredo. Eran entre la una y las dos de la tarde. “Alarmado me dice: ‘mamá acaba de llegar un tráiler’”, le dijo Gustavo. “Él dijo que nos iba a pasar en una troca”, le dijo Gustavo a su madre sobre el acuerdo que tenían el coyote. “No quedó en esto”, agregó Gustavo, recuerda Micaela.
Micaela trató de convencerlo de que no subiera al tráiler, pero podía escuchar al coyote diciéndole que era seguro, que era totalmente normal, y que estarían en San Antonio en tres horas. Finalmente, Gustavo aceptó.
“Y me dijo ‘está bien, mamá, me voy a subir’”, recuerda Micaela.
“Te dije que tenías que tener agua principalmente”, le dijo Micaela a Gustavo.
Gustavo le aseguró, “sí, mamá, sí llevo agua”, recuerda Micaela.
Esas fueron las últimas palabras de Gustavo a su madre.
Eran alrededor de las 10 de la noche cuando Micaela, revisando su teléfono en su recámara, vio la noticia sobre el tráiler en Quintana Road. Ella irrumpió en la sala, frenética, y pronto toda la casa estaba despierta, ansiosamente buscando en el Internet noticias sobre los sobrevivientes. Alrededor de las cinco de la mañana, Alma empezó a llamar a los hospitales de San Antonio, pero nadie había sido hospitalizado en ningún lugar. Ocho días después, la familia finalmente recibió confirmación de la muerte de Gustavo por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores en México.
“Fue un día muy malo”, dijo Micaela. “Mis hijas gritaban por allá afuera por el patio. Yo aquí adentro. Pues desolada”. La casa pronto se llenó de familiares y vecinos que vinieron a ofrecer sus condolencias. Micaela no podía entender por qué su hijo, de todos los millones de migrantes que viajan hacia y desde Estados Unidos, había muerto. Era joven y fuerte. ¿Por qué no había sido uno de los sobrevivientes? Y había otras preguntas que la atormentaban: ¿Por qué le había dado el préstamo a Gustavo? ¿Por qué no hizo un mayor esfuerzo para persuadirlo a que se quedara?
Dieciséis días después de su muerte, el cuerpo de Gustavo regresó a México en un ataúd de acero. Lo primero que Micaela hizo fue cambiarlo por uno de madera. “No lo quiero en esa caja de fierro, porque mi hijo murió en una caja, en una de fierro”, dijo. Encontró un poco de consuelo al poder darle un funeral apropiado. Micaela también recibió la billetera de Gustavo, que ahora guarda en una caja de galletas de aluminio. Cuando abrió la tapa me la mostró, tomó la desgastada billetera de piel con cuidado, como si se fuera a desmoronar. Sacó unos cuantos dólares en billetes, que explicó estaban arrugados por haber estados sumergidos en el Río Grande. Hizo una breve pausa para mirar la foto en la licencia de conducir de Gustavo —su cabello negro peinado hacia atrás y con un estilo algo andrajoso— antes de poner todo de vuelta en su lugar y guardar su reliquia en la caja de metal. “Este es mi tesoro”, dijo.
Micaela no se dio mucho tiempo para llorar la muerte de su hijo —tenía que atender la tienda y a su familia que depende de ella. “Mi negocio no permitió que yo estuviera aquí llorando encerrada”, indicó. Conforme el tiempo pasó, su tristeza le dio paso a la rabia hacia los traficantes. No los culpa por el delito de tráfico humano, que, desde su punto de vista, es un valioso servicio del que dependen los migrantes para tener acceso a un mercado laboral con mejores sueldos en Estados Unidos. Es la negligencia de los traficantes lo que la enfurece. “Miren que la caja trae aire acondicionado, que van en perfectas condiciones”, señaló. “El culpable era el coyote, porque es su trabajo, ¿no? Él estuvo mal porque no cuidó su mercancía”, dijo.
Una mujer profundamente religiosa, Micaela no pone sus esperanzas en la justicia de los tribunales estadounidenses. “Merece a lo mejor hasta la pena de muerte”, indicó. “Pero yo soy creyente y para mí solamente hay un juez”, agregó.
Mientras hablábamos, el hijo de Gustavo, Rafa, estaba sentado y callado, jugando con sus manos con un globo desinflado relleno de harina y decorado con una cara feliz. Micaela y Daniel lo acogieron después de la muerte de Gustavo. Rodeado de amor en la atareada casa de sus abuelos, Rafa todavía batalla para lidiar con la muerte de su padre. Y a pesar de que la tienda de Micaela es exitosa, él sabe que no podrá depender de sus abuelos para siempre. Disfruta de desarmar cosas y armarlas de nuevo, sobre todo “teléfonos viejos, ya viejos”, indicó, y sueña con ser mecánico. Pero Rafa dice que no importa lo que ocurra, él nunca irá al norte.
Francisco Tepaz Simaj, 23
Hay dos formas de llegar a Chuitzanchaj y las dos son extenuantes.
La pequeña comunidad maya donde se habla la lengua Kaqchikel, está ubicada a 7,400 pies de altura de las costas del Lago Atitlán, en las laderas de un volcán, en la zona montañosa occidental de Guatemala. Para llegar allí en carro o en autobús se requiere un viaje de horas, sobre caminos de tierra que sacuden los huesos y que pasan por los pueblos con mercados hacia el norte. La otra forma es tomar un taxi acuático en uno de los poblados turísticos llamado Tzununa, ubicado junto al lago, y luego caminar hacia arriba en una pronunciada y curveada pendiente por unas dos horas. Debido a su aislamiento, no hay mucho trabajo en Chuitzanchaj, por lo que muchas personas emigran a otros lugares en Guatemala, México y Estados Unidos.
Para Ana Miguel Miguel, quien creció en un caluroso pueblo sin ley cerca de la costa del Pacífico, el aislamiento de la comunidad también significa seguridad y algo cercano a la salvación. Ana había pasado su niñez en una choza de suelo de tierra con paredes hechas de caña de azúcar secas y sin puerta. Ahora se sienta en una silla de plástico en un cuarto de bloques de concreto con paredes pintadas en azul claro, en la casa que una vez compartió con su esposo, Francisco Tepaz Simaj. Ana, quien ahora tiene 27 años, es una mujer pequeña de cara redonda y una actitud triste pero amable. Viste una playera de mangas largas con una silueta de cuadros rojos y negros del mapa de Texas bordada en el frente. Sus dos pequeñas hijas, Cruz Eulalia y María Isabel, suben y bajan de las piernas de Ana, susurrando en su oído y rogándole que las deje jugar con su teléfono celular. Es poco probable que recuerden a Francisco, quien tenía solo 23 años cuando se fue a hacia Estados Unidos.
Cuando niña, Ana no asistió ni un solo día a la escuela porque su familia no tenía dinero suficiente. “Todo (lo que mi papá) ganaba, lo comíamos nosotros”, indicó. Ella tenía unos 15 años cuando se fue de la casa a cosechar café por primera vez. Su padre, cansado del trabajo en las plantaciones de caña de azúcar y plátano, no podía cubrir por sí solo las necesidades de la familia. De noviembre a abril, ella viajaba a las granjas a través de las tierras montañosas de la costa, siguiendo la cosecha, durmiendo en campos de migrantes, laborando junto a generaciones de trabajadores migrantes.
Ana trabajó con mujeres embarazadas y con ancianos con los dedos retorcidos y espaldas jorobadas y con niños pequeños que cosechaban al lado de sus padres. Guatemala prohíbe que los niños menores de 14 años trabajen, pero en un país donde dos tercios de las familias sobreviven con menos de dos dólares al día, poner a los niños a trabajar puede significar una diferencia entre morir de hambre y sobrevivir. El Departamento del Trabajo de Estados Unidos incluye el café de Guatemala en su lista de bienes producidos por trabajo infantil, y en años recientes, se ha encontrado a niños trabajando en granjas que proporcionan granos a Nespresso y Starbucks. (Nestlé Nespresso publicó una declaración calificando de “inaceptable” el trabajo infantil y se comprometió a una “acción inmediata que prioriza la protección del bienestar infantil”. Starbucks aseguró que tiene “cero tolerancia para el trabajo infantil en cualquier lugar de su cadena de suministro”. La compañía actualmente está siendo demandada por un grupo de consumidores por “severos abusos documentados a derechos humanos y laborales” en Brasil, Kenia y Guatemala, incluyendo trabajo infantil, parte del cual ocurrió después de 2020).
Ana y los otros trabajadores de la cosecha, estaban organizados en grupos de trabajo de alrededor de una docena cada uno, a cargo de un supervisor o capataz. En su quinta temporada, fue asignada a un capataz llamado Francisco, que era muy querido por su cuadrilla. Él trabajaba caminando por todas las líneas de la cosecha y enseñando a las personas sin experiencia cómo cosechar de forma más eficiente, y ayudaba a sus trabajadores a cargar en hombros los pesados y voluminosos costales al final del día.
Francisco tenía alrededor de dieciséis años, era tres años más joven que Ana, pero tenía varios años como capataz. “Era joven, pero le gustaba trabajar”, dijo. “Me gustaba por su carácter, más que todo”. Se mantenían en contacto por teléfono cuando no era temporada de cosecha. El siguiente año, Ana se aseguró de estar en la cuadrilla de Francisco nuevamente, y para el final de la cosecha ya eran pareja. Se mudó a la pequeña casa en Chuitzanchaj que Francisco había heredado de su padre. Se casaron y pronto Ana dio a luz a su primera hija, Cruz Eulalia. María Isabel llegó dos años después.
Ana no hablaba Kaqchikel, el idioma local, pero se sintió bienvenida por la unida comunidad. Las puertas de los vecinos siempre estaban abiertas, y los hermanos de Francisco, su familia política, sobrinas y sobrinos llegaban a visitar a menudo. Incluso en el medio del verano, las noches son frescas y con brisa en Chuitzanchaj. Hay suficiente leña en las colinas locales. En comparación con la caña y las láminas de metal de las casas en el vecindario donde estaba la casa de la niñez de Ana, este lugar parecía próspero. “Me gustaron todas las personas porque aquí es humilde y pacífico”, dijo Ana.
Ana decidió dejar de trabajar después de que nació María Isabel, pero Francisco se quedó en el circuito de migrantes, regresando a casa una vez al mes para pasar tiempo con Ana y con las niñas. Él tomó un préstamo de casi $8,000 para comprar una parcela de tierra para poder cultivar aguacates, tomates, papas y maíz. Ella esperaba que el cultivo de las parcelas pudiera mantener a Francisco cerca de casa. Pero un día, en junio de 2022, Francisco le llamó para decirle que él y unos amigos estaban en México. Más precisamente, estaban en la frontera con Estados Unidos, al otro lado del Río Grande, en Nuevo Laredo, y estaban preparándose para cruzar. Esta fue la primera vez que Ana escuchó sobre el plan.
Francisco era parte de una ola de alrededor de 230,000 guatemaltecos que se dirigieron a Estados Unidos en 2022, cinco veces más migrantes que en los dos años pasados, equivalente a casi 1 en cada 75 residentes. El incremento fue parte de una tendencia más amplia, de acuerdo con un estudio publicado en la revista académica World Development. Las tasas de migración de campesinos guatemaltecos han aumentado en más del doble en las últimas dos décadas, en parte como resultado de la devastación causada por una plaga llamada Roya del café, relacionada con el cambio climático. Francisco sonaba animado cuando le dijo a Ana que fuera a ver a su padre si necesitaba dinero antes de que él pudiera empezar a enviar sus salarios a casa. “Yo voy a hacer lo mejor para ustedes”, le dijo. Unos cuantos días después estaba muerto.
En las semanas siguientes, la familia política de Ana hizo todo lo que pudo para ayudarla a ella y a las niñas. Su cuñada organizó una recaudación de fondos con periodistas locales, que publicaron un video en vivo en Facebook y solicitaron donativos. En el video, Ana está parada en el porche de su casa con María Isabel en la cadera, llorando mientras habla de Francisco. Ella no recuerda haber recibido ningún dinero proveniente de ese esfuerzo. Los vecinos ocasionalmente ofrecen lo que pueden, un saco de frijol o un poco de dinero, pero principalmente está sola.
Un hombre del banco donde Francisco obtuvo el préstamo de $8,000 ha venido en unas cuantas ocasiones. Francisco puso su casa como garantía, y Ana está preocupada de que el banco la obligue a dejar su casa. “Acarreo leña con la gente, lavo ropa, yo así me mantengo para mantener a mis hijas”, indicó, agregando que sus dos hijas están en la escuela.
Las mochilas de las niñas cuelgan de clavos en la pared de cemento justo detrás de la puerta principal, una de ellas decorada con personajes de Frozen, el muñeco de nieve Olaf y la princesa Elsa. “Yo estoy mala también. No estoy muy buena. Yo estoy enferma. No quiero que mis hijas sufran”, dijo. “A veces se viene ese dolor de mi estómago”.
Ella ha pensado en el suicidio. “Y entonces pienso en las niñas”.
Pascual Melvin Guachiac Sipac, 13,
y Juan Wilmer Tulul Tepaz, 14
Casimiro Guachiac Suy trabajaba en un supermercado en el área de Detroit cuando su hijo Melvin, quién estaba en casa en Guatemala, empezó a rogarle que lo dejara ir con él a Estados Unidos. Era el tercer viaje de Casimiro como trabajador indocumentado, y era el mejor trabajo que había tenido jamás. Su jefe le pagaba $13.50 por hora y le daba departamento, con la renta gratis. Pero no era fácil estar lejos. La primera vez que viajó a Estados Unidos tenía 18 años, sin la carga del dolor de dejar a una familia detrás. Ahora está casado con dos hijos. Cuando se fue de casa para ir a Detroit, se escabulló mientras su esposa, María Sipac Coj, y sus dos hijos, Melvin y Yonathan, estaban dormidos. “No aguantaba la tristeza a despedirme”, dijo. “Muy doloroso dejar a la familia y uno no sabe si regresará”.
Vivían en Tzucubal, un pueblo en los bosques montañosos al este de Quezaltenango, la segunda ciudad más grande de Guatemala. Casimiro dijo que casi todo lo que es nuevo en Tzucubal ha sido pagado con dólares estadounidenses enviados a casa por inmigrantes, incluyendo su casa, un búngalo verde de un piso construido lejos de la calle, con un porche techado que protege el tendedero de ropa de la lluvia. “Aquí casi no ganamos”, dijo. “La gente se empieza a ir, casi la mayoría”, agregó en referencia a la migración hacia Estados Unidos.
En 2022, los guatemaltecos en el extranjero enviaron cerca de $18,000 millones de dólares a casa, $2,200 millones de dólares más que las exportaciones del país durante ese año. En Tzucubal, igual que en muchas poblaciones en el área, las casas de varios pisos con ventanas de vidrio reflectante y altas cercas de metal están junto a construcciones más humildes, dejando claro qué familias tienen a alguien trabajando en el norte. Para niños como Melvin, esas casas y las nuevas camionetas pickup estacionadas detrás de las verjas también son poderosos símbolos de las recompensas de la migración.
Hacía menos de un año de la partida de su padre, cuando Melvin empezó a insistirle a su madre que lo dejara ir. Ella le dijo a Casimiro, quien conocía los peligros de la travesía, y él le rogó a Melvin por teléfono que esperara unos cuantos años para terminar la escuela y tratar de conseguir una visa. Después de todo, Casimiro estaba trabajando en Estados Unidos para que Melvin y Yonathan no tuvieran que dejar la escuela y migrar, como él lo había hecho. Pero Melvin estaba obsesionado con la idea. Le dijo a María que si no le daba permiso de ir, “me voy yo solito”.
La prima de María, Magdalena y su esposo Manuel de Jesús enfrentaban un dilema similar con su hijo de 14 años, Wilmer. Los chicos era mejores amigos, “casi hermanos”, dijo Casimiro. Y habían hecho un plan para emigrar juntos. Temiendo que pudieran irse a pie, ambas parejas eventualmente hicieron arreglos con un coyote, lo que consideraban la mejor opción. Casimiro acordó pagarle a los traficantes alrededor de $13,600 a la llegada segura de Melvin a Houston, donde Casimiro tenía planeado recogerlo. Los padres de Wilmer hicieron arreglos similares. Tenía dos tíos en Houston que estuvieron de acuerdo en acogerlo. Las dos familias acordaron pagar extra para lo que el coyote, un personaje local apodado El Señor, llamaba el “viaje especial”, un paquete que le garantizaba a los niños un asiento en un vehículo durante todo el camino hasta Houston, no caminando a través del desierto y sin tráileres. “Todo era mentira”, dice Casimiro.
María apenas durmió la noche antes de la partida de Melvin. Cuando fue a despertarlo a las 4:00 a. m. en la mañana del 14 de junio de 2022, él ya estaba despierto y lleno de emoción. “¿A qué hora llega?”, le preguntaba a María una y otra vez refiriéndose al coyote. Todavía estaba oscuro afuera cuando Melvin se fue de la casa, vestido con una playera negra, una chamarra con capucha negra, pantalones negros y una gorra de lana negra. Llevaba solo una mochila con una barra de jabón y un cambio de ropa.
Los niños llegaron a la frontera sin incidentes, regularmente actualizando a sus preocupados padres durante el camino. La última vez que Casimiro escuchó a Melvin, él y Wilmer estaban en Nuevo Laredo, preparándose para caminar por las aguas del Río Grande. “Y es el último mensaje”, le dijo Melvin en un mensaje de voz. “Estamos en la frontera, papá. Hoy vamos a salir”, indicó Melvin señalando que estaban por cruzar el río.
Casimiro había viajado cerca de 1,300 millas desde Detroit a Houston donde un amigo de su hermano tenía un trabajo en un restaurante de sushi y le ofreció un lugar para quedarse. Estaba en el departamento, ansiosamente esperando escuchar de Melvin, cuando su teléfono sonó. En la televisión del restaurante, el amigo había visto la noticia sobre el tráiler lleno de muertos. “No es por asustarte, métete ahí en el Internet”, dijo.
Casimiro llamó al teléfono celular de El Señor una y otra vez, pero el coyote no contestó. El siguiente día Casimiro visitó el consulado de Guatemala y le dio a los oficiales detalles sobre los rasgos físicos de Melvin. No les tomó mucho tiempo descubrir que un menor de edad que coincidía con la descripción de Melvin había sido encontrado entre los muertos. Uno de los oficiales le mostró a Casimiro las fotos que eliminaron cualquier duda. “Empecé a llorar ahí en el consulado”, dijo. También se enteró de que Wilmer había muerto.
El consulado ayudó a conseguir el pasaporte para que Casimiro pudiera volar a casa para estar con María. Noventa días después del incidente, los restos de los niños finalmente llegaron a Tzucubal. Cientos de personas llegaron a sus funerales, caminando al lado de sus ataúdes a través de milpas de maíz rumbo al cementerio. Un río constante de visitantes llenaron los patios de ambas casas. Los maestros de los niños realizaron una conmemoración, y los compañeros de clase y amigos hicieron carteles y los colgaron por toda la escuela. “Duele tener a una persona en tu corazón sin poder tenerla en tus brazos”, decía uno de los carteles. Hoy en día estos carteles son los únicos recuerdos que Casimiro y María tienen de Melvin. No regresaron artículos personales con el cuerpo. “No más con su caja”, dijo Casimiro.
Guardaron los carteles en un armario de la sala de la casa, dentro de la mochila de Melvin, junto con su diccionario inglés-español, un transportador de geometría, y un cuaderno de espiral. Casi cada página está llena de notas de su clase de ciencias naturales escritas en su pequeña letra a mano. A los 13 años, Melvin ya había alcanzado uno de los sueños que Casimiro y María tenían para él: que fuera a la escuela y aprendiera a leer y escribir bien en español, algo que ellos nunca pudieron hacer.
Cuando yo visité a Casimiro y a María, estaban sentados lado a lado en sillas de plástico en la recámara de su casa. Su hijo pequeño, Yonathan, de 10 años, descansaba en la cama mientras sus padres hablaban. Yonathan sigue preguntando dónde está Melvin y cuándo vendrá a casa. “Él está solito”, dijo Casimiro. “Él casi no entiende mucho el fallecimiento de mi hijo”.
A unas cuantas casas, el hermano pequeño de Wilmer, Eugenio, quien también tiene 10 años, tiene un cajón lleno de fotos de su hermano muerto. Su madre, Magdalena, quien tiene 40 años, dijo que Eugenio a menudo saca las fotos antes de ir a la escuela, extendiéndolas sobre el piso y estudiándolas cuidadosamente. “Todavía llora a diario por Juan Wilmer”, dijo Magdalena.
Wilmer siempre cuidaba de Eugenio, quien adoraba a su hermano mayor. Los niños dormían juntos en un espacio pequeño que su familia separó de la entrada con una sábana colgante. El esposo de Magdalena, Manuel de Jesús, quien tiene 42 años, viajó a Estados Unidos en una ocasión antes de que se casaran, donde trabajó de lavaplatos en un restaurante chino. Ahora trabaja como jornalero, atendiendo parcelas de maíz con un azadón de mango largo. En ocasiones, sus ganancias semanales solo les alcanzan para unos cuantos días. Wilmer, quien tuvo que dejar la escuela en el sexto grado para trabajar junto a su padre, estaba consciente de la pobreza de su familia. Antes de partir al norte con el coyote, había tratado de tranquilizar los miedos de su madre con promesas de enviar dinero a casa para la comida y para los gastos de educación de Eugenio y de su hermana Claudia. “Su sueño era que saliéramos de la pobreza”, dijo Magdalena.
Mientras hablábamos, Eugenio llegó después de jugar fútbol en un patio con sus amigos. Sacó sus fotos de Wilmer, quien tenía un arete en su oreja derecha y usaba su cabello largo y revuelto en la parte de arriba, como en un grupo musical de chicos, y sus flecos caían sobre sus ojos.
Eugenio tiene el mismo corte de cabello ahora. También ha adoptado el sueño de su hermano. Cuando le pregunté si él ha pensado en viajar al norte algún día, respondió sin dudas. “Sí, quiero ir a trabajar ahí, donde puedo ganar más dinero”.
Yo le dije a Eugenio que a mí me daría miedo viajar a la frontera si yo tuviera su edad. Pero dijo que no tiene miedo, incluso después de lo que le pasó a su hermano.
Escuchando a Eugenio, Magdalena se ve preocupada. “Ya murió mi primer hijo”, indicó. Ella sabe que hay poca probabilidad de disuadirlo, pero tiene la esperanza de que por lo menos espere hasta que sea más grande. Eugenio ha prometido esperar hasta su cumpleaños dieciséis.
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